«La voz alada de Pérez Morte»
Los versos póstumos de Libre de nada, atado a la palabra son verdaderos latidos en nuestras sienes de la voz de "un hombre asomado a la ventana / que se sueña a sí mismo en cada pájaro". En ellos, Antonio Pérez Morte, que parece tener medio cuerpo a cubierto en la tradición de Beckett y Cioran y otro medio atravesando el umbral del ventanuco de su biblioteca para elevar la imaginación creadora hacia su propia originalidad, emprende el ascenso hacia este alado "sueño perenne que se estrofa" en el poema y bate los versos para convertir al vuelo poético en prolongación escrita tras la propia vida. Es así como el autor se entrega por completo a la palabra, se recrea en ella, encuentra lo que el poema tiene de particular reescritura de la vida y renombra la incertidumbre al asegurar "Jamás fuimos sino la duda, / en camino a ninguna parte / anduvimos incansables / con corazón de preguntas. / ¿Jamás?". Y entonces funda el lugar de lo inédito en "una hoja que ayuda a crecer / hacia afuera, vestida de poema" y convierte al silencio en una página en blanco abierta a la creación, en "un recuerdo sin palabras / para imaginar lo que quisieras".
Se interna de este modo en la búsqueda de la libertad que concede el lenguaje, y mediante su incesante "sed de más palabra / y más hambre de vacío" se vincula con él, se ata, alía y anuda del mismo modo que un vástago de madera recién despuntado lo hace a un árbol antiguo ya crecido. Sus versos, de esta manera, anidan sin violencia en el terreno poético, encuentran su merecido lugar y no se apresuran, sino que a menudo muestran una contención que recurre a cierto "mutismo de sábana" a la hora de reflejar la experiencia del silencio, del extravío, de la duda, del humo, de la niebla, de la pérdida, de la extrañeza, de la ruina, del fracaso o de la soledad. Pero a pesar de todas las desavenencias y de ese "desbocado corazón, amado tanto", el autor sigue celebrando la vida y maravillándose con ella, y de ahí que pregunte "si al final hemos de partir... / ¿por qué no un último trago?". Y ese último interrogante permanece latente en aquellos poemas en los que Antonio Pérez Morte sigue buscando la comunicación más allá del tiempo y de la distancia, como cuando escribe "Presente es la ceniza / de un pasado que fue fuego. / Futuro será la brisa / que la arrastre lejos".
Y quizás por eso mismo su propuesta poética no pueda sino clavársenos en el presente, al tiempo que resuena en el árbol de una vida que ya ha ascendido al lugar del pájaro y que hoy, pese a hueca, se amplifica en el tocón de un tronco seco, en el vacío de un cuerpo, en la oquedad, en el abismo. Y en definitiva, en la ausencia de una identidad que ya en sus poemas alados se convirtió en entrega absoluta. Que escribió "si de tanto vivir falleces / revivirás en mí, desfallecido, / y moriré por ti en cada latido". Y así se disolvió por completo en la otredad para acabar palpitando en ella como verso definido por su presencia y su proximidad.
Celia Carrasco Gil, «La voz alada de Pérez Morte», Heraldo de Aragón, Artes & Letras, 700, p.2.

